¿Hasta qué nota llegas?

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“¿Hasta qué nota llegas?”. Seguro que has escuchado alguna vez esta pregunta. O, quizás, tú mismo la hayas pronunciado alguna vez.
Cuando la escuchamos —o la leemos— pensamos en la parte de arriba del pentagrama, ¿no es así? Nos interesa especialmente el registro agudo de la trompeta.
Es un reto, una quimera, un anhelo y, muchas veces, una utopía.Queremos subir tanto como se pueda, quién sabe por qué.
Porque es necesario para tocar algunos estilos, porque es complejo y significa un desafío para uno mismo, porque nos gusta, porque otro compañero toca agudos y nosotros también queremos, porque el mundo—microcontexto de la trompeta— lo valora y así nos sentimos parte de él, porque nos permite destacar dentro de un grupo, para ligar, para“vacilar”, para “chulear”, por cuestiones acústicas y psicoacústicas, etc. No sé, por alguna de esas cosas queremos subir tanto como se pueda.

La dichosa preguntita “¿hasta qué nota llegas?” se orienta habitualmente hacia esos sonidos inalcanzables por lo altos que están, hacia una especie de séptimo cielo trompetístico. Alcanzarlos es tocar ese cielo por un momento, da igual si un diente está a punto de saltar. Además, cuando escuchamos a otro compañero que toca más agudo —cosa bastante fácil hoy en día, con las redes sociales— de repente nos damos cuenta de que no estamos en el séptimo cielo sino en el cuarto, así que… vuelta al anhelo.

Ese anhelo es el que nos empuja a estudiar con empeño, pero es el mismo que nos lleva a la desilusión o la frustración cuando no lo conseguimos. En ese momento en el que el agudo simplemente se nos resiste, aparecen muchos pensamientos que podemos agrupar por ahora en dos: “no sirvo para eso, simplemente no lo tengo y ya está” o bien “todavía no puedo, debo encontrar las herramientas para conseguirlo”.

Pensar “yo no sirvo para los agudos” nos llevará a abandonar el estudio por un rato, pero es tan grande la ilusión y la pasión hacia nuestro instrumento —y el sex-appeal de los agudos— que lo intentaremos una y otra vez más adelante. Y, si de nuevo se nos resiste y volvemos a caer en la casilla “no sirvo para eso”, estaremos caminando en círculos, cansándonos para nada. Así que más vale que trabajemos sobre la segunda opción: de momento no me sale”. Será entonces cuando iniciaremos una búsqueda apasionante.

En mi opinión, el primer paso dentro de esa búsqueda es desarrollar unas cuantas concepciones nuevas al respecto del registro, y poder aclarar la respuesta a ese “¿hasta qué nota llegas?”. Y es que la pregunta no tiene por qué ser mala si se plantea de la forma correcta.

¿HASTA QUÉ NOTA LLEGAS… ABAJO?

Desde luego que deberíamos mirar también hacia la zona grave del registro cuando tratamos de responder la preguntita. El grave es algo importante en nuestro instrumento. Pocos presumen un registro grave hermoso, pero la verdad es que un sonido del registro medio-grave y grave bien tocado, con un espectro armónico equilibrado, con un sonido equilibrado, no es tan fácil de escuchar.

Sabemos que los dos extremos del registro —el agudo y el grave— están íntimamente relacionados: “Si quieres tocar agudos debes estudiar graves” hemos escuchado más de una vez. Y, aunque sólo sea por el anhelo del séptimo cielo, acabaremos estudiando pedales.

Del grave se presume poco, la verdad. Y, cuando se hace, se suele mostrar cúan fuerte y cúan grave podemos tocar (“me sale el Do pedal al aire”) pero, para desgracia nuestra y de la veracidad de la afirmación del párrafo anterior, quienes tienen unos sonidos graves fuertes no necesariamente poseen esa potencia en los agudos, y a veces ni siquiera los pueden tocar.

En mi experiencia, es cierto que si se practican correctamente los sonidos del registro grave —abordaremos más tarde lo que significa esto— se obtienen beneficios directos para el agudo. Pero practicar los graves, cada día durante 7 horas, no producirá beneficios a menos que se controle la manera en la que se hace.

Por ejemplo, ese sonido grave fortísimo del que se suele presumir está ejecutado generalmente con una embocadura muy abierta. Este exceso de apertura, más que ayudarnos para el resto del registro, nos lo va a dificultar. Estamos muy acostumbrados a dicho sonido grave fuerte, abierto e incluso en ocasiones rasgado, y no es fácil que pase desapercibido para nosotros. De nuevo, se trata de cómopracticar, y no de qué ejercicios practicar. ¿Has notado que es muy difícil atacar los sonidos graves? ¿Has probado el doble staccato en esa zona?

PRACTICAR EL “HASTA QUÉ NOTA LLEGAS”

La famosa frase tiene una implicación directa también sobre el estudio. Suele suceder que cuando los trompetistas decidimos estudiar el registro comenzamos a tocar sonidos muy agudos o muy graves. Nos situamos desafortunadamente en los extremos del registro. Si queremos estudiar sonidos agudos casi nunca partimos de un Mi del cuarto espacio, sino que lo normal es estudiar los agudos.

Es curioso, pero incluso cuando estudiamos graves con el fin de mejorar los agudos —o por el estudio mismo de los graves— solemos ir hacia sonidos extremadamente graves. En realidad, el propio hecho de estudiar pedales para tocar agudos es una forma de trabajar el registro desde los extremos.
Algunas veces trabajamos lentamente, conscientemente, deliberadamente —unos más que otros—, pero no me dejaran mentir: a casi todos más de una vez se nos escapa un ratito probando a ver “hasta qué nota llego”.

¿HASTA QUÉ NOTA LLEGAS… A GUSTO?

El “hasta qué nota llegas” es una frase de deporte extremo. Además de hacernos pensar en el registro agudo, nos lleva a pensar en el último sonido del registro agudo que un día tocamos. Es como una especie de récord. No solemos responder siquiera con el sonido que podemos tocar hoy, sino con el que pudimos tocar aquel día que estábamos muy frescos y acertados. El último sonido que nos sale o nos salió, da igual cómo. No importa que los dientes se movieran, el labio sangrase o la vista se nos nublara:

—Toqué el La sobreagudo (y llegué más agudo que tú).
—Pero es que así no vas a pod…
—¡Shhht! Toqué el La sobreagudo.
—Pero te puedes lastim…
—¡Shhht! ¡La sobreagudo!
—Es que está un poco alt…
—¡SHHHT! ¡LA SOBREAGUDO!
—(Yo también lo quiero tocar…)

¿HASTA QUÉ NOTA LLEGAS… SIEMPRE?

Otro foco importante que desata la ilustre pregunta es la durabilidad y solidez de ese registro extremo.

Ayer nos salió un La. Bien, a partir de ahora diremos que llegamos hasta esa “nota”, pero ¿qué nos pasa cuando vemos hoy en una partitura un simple Si agudo atacado (casi una octava por debajo de nuestro récord)?
Mucho peor: ¿y si ese sonido aparece indicado con una p debajo?
En el registro grave, aunque nos suele preocupar mucho menos, hay una sensación similar al tener que atacar un Sol por debajo del pentagrama. Y más si eso sucede en directo.

No se trata de cuál es el último sonido que podemos hacer sonar, sino de cuál podemos tocar siempre con cierta fiabilidad —todos podemos fallar, no estamos obligados a ser perfectos— y con garantías.

En mi estudio, hago una simple prueba: toco en pp un sonido atacado cinco o seis veces, y así sí que veo muy clarito “hasta qué nota llego”.

Hay dos Mi bemol sobreagudos en la trompeta clásica: el Mi bemol sobreagudo y “el Mi bemol del Haydn”.
Si quien está tocando es un amigo, cruzamos los dedos cuando se acerca el pasaje para que le salga. Si no es amigo, pues le deseamos lo mejor. Y si somos nosotros… (¡uf!) lo tenemos entre ceja y ceja casi desde el principio del concierto.
“Tocó muy bien pero falló el Mi bemol” o “cómo le sonó el Mi bemol, aunque el resto concierto no estuvo nada bien” son dos pruebas de la importancia que tiene para nosotros, y de lo que nos preocupa, ese sonido extremo en el Concierto para trompeta de Haydn. Pero si tu récord está en un La, y lo tocaste ayer, ¿por qué deberías preocuparte?

Cuando un atleta bate un récord mundial celebra un hito en la historia. No tendría mucho sentido que el atleta estuviera por debajo de él de forma habitual en los meses subsecuentes. Javier Sotomayor batió el record de salto de altura en 1993. Implantó la nada despreciable marca mundial de 2,45 metros. William Trubridge hizo en 2011 una inmersión a pulmón —peso libre sin aletas— llegando a -101 metros. ¿Tendría sentido que el primero sintiera miedo al ver una valla a 1,90 metros, o el segundo miedo de sumergirse a una profundidad de -60 metros días después de la prueba en la que batió su record? (1)

¿HASTA QUÉ NOTA LLEGAS… BIEN Y SUENA BONITO?

Es muy habitual que los diferentes rangos del registro de un trompetista suenen un poco diferentes. Hablamos habitualmente de igualar el sonido en todo registro; esa es una de las grandes preocupaciones de todos los trompetistas.
Más allá de las diferencias acústicas y psicoacústicas del instrumento y de su percepción, podemos decir que si nuestro sonido no es al menos parecido en todo el registro es porque hacemos cosas diferentes en nuestra ejecución en cada uno de los rangos.

Digamos que hay trucos para saltar la valla. Estamos usando un trampolín o una pértiga para llegar al agudo, o algún artilugio para descender a las profundidades. Siendo un poco más concretos, y dejando de abusar de los paralelismos, podemos decir que:

  1. Para tocar los sonidos agudos solemos presionar la trompeta excesivamente sobre los labios, cerrar excesivamente la cavidad orofaríngea (lengua, paladar u otros elementos de la garganta) y realizar una fuerza excesiva con nuestro abdomen.
  2. Para tocar los sonidos graves solemos abrir excesivamente la embocadura y/o disminuir considerablemente la cantidad de aire que soplamos.

Claro que esto no sucede de una forma lineal en todos los trompetistas, y se combina en cada caso. Estaremos de acuerdo en que el uso de cualquiera de estos recursos o trucos cambia el sonido en nuestra trompeta. Es habitual que cuando dichos recursos concurren en el registro se produzca la conocida pirámide en el timbre de la trompeta en relación con la altura. Dicho en términos puramente acústicos: el espéctro armónico varía considerablemente en función de la frecuencia que estemos tocando.

No digo que el uso de estos recursos esté bien o mal. En términos pragmáticos podemos decir que si funcionan están bien. Cuando sean necesarios para trabajar y resolver una situación determinada en un momento determinado, están bien. Pero si estamos estudiando con una visión a largo plazo deberemos empezar a afrontar de manera diferente el estudio de nuestro registro en el instrumento.

UNA TEORÍA SOBRE EL REGISTRO DE LA TROMPETA

Tratar de responder a todas estas preguntas me ayudó en su momento a desarrollar una pequeña concepción teórica al respecto del tema. Antes de nombrarla, no está de más recalcar que años de estudio centrados en “que suene” desarrollan una serie de hábitos motrices concretos que se hacen dominantes y necesarios para la ejecución. Es decir, el estudiante de trompeta que toca el La presionando la boquilla sobre sus labios no lo hace por gusto, lo hace porque lo necesita. Como no le importa demasiado al principio, cuanto más lo estudia más fuerte se hace el hábito. La solución, lógicamente, no es insistir más en dicho sonido sino corregir poco a poco lo que está limitando la habilidad.

Concibo el registro que puedo tocar en el instrumento en tres rangos diferentes, en relación a la manera en la que el trompetista está ejecutando motrizmente el instrumento y el resultado sonoro: el registro central, el registro real y el registro potencial:

  1. El registro central se compone de aquellos sonidos que podemos tocar muy fácil, en los que nos gusta el timbre producido y la manera en la que lo producimos; un registro en el que además nos sentimos extremadamente cómodos.
  2. El registro real —que a su vez contiene el central— se compone por aquel rango de sonidos que podemos tocar sin grandes problemas, en los que se mantiene ese sonido que tanto nos gusta del rango central. Todos aquellos sonidos que tocamos sin “trucos”, en los que la trompeta suena con un timbre equilibrado. Aquellos de la prueba de los cinco ataques en pp anteriormente mencionada.
  3. El registro potencial son aquellos sonidos que “podemos tocar” pero con un sonido que no nos gusta, realizando algunos procedimientos motrices que no son eficientes ni saludables, y que incluso pueden producir problemas en alguna parte de la técnica.

Por ejemplo, un caso real de un estudiante.
Podía llegar hasta un Fa sobreagudo, por arriba, y hasta un Fa doble pedal, por abajo. Ése era su registro potencial. Dichas notas formaban parte de su registro, claro que sí, pero le sonaba un agudo extremadamente pequeño —y muy esporádicamente— y un grave demasiado abierto. No le gustaba, no estaba cómodo. Era su registro potencial: lo podía tocar, pero no como él quería, no le sonaba como a él le gustaría.
¿Qué sonido le salía muy, muy fácil? El Sol de la segunda línea del pentagrama. Bien, entonces ese era su sonido central, y en torno a él había un rango que conformaba el registro central.
Entonces, ¿dónde comenzaba a apretarse la boquilla? En el Do sobreagudo. Probablemente antes (no es difícil de averiguar, con la gran cantidad de aparatos que tenemos hoy en día). Para nuestra sorpresa, a través de la observación comprobamos que la garganta comenzaba a cerrársele a partir del Mi del cuarto espacio, y los labios a abrírsele desde el Do grave. Estos eran, pues, los límites del registro real.

¿DESDE QUÉ NOTA PARTO… PARA EL ESTUDIO? (2)

Como ya habrás visto, el trabajo que estoy planteando es un trabajo de perfeccionamiento desde el centro del registro. Con una embocadura y un ciclo respiratorio eficiente, el sonido central se sitúa en la trompeta en Si bemol sobre un Do del tercer espacio. Pero es habitual que hayamos estudiado el Sol como sonido central.
En mi método trato por todos los medios ubicar el sonido central en el Do, ya que este es el centro del registro habitual de la trompeta en el siglo XXI, con una onceava aumentada hacia abajo y una doceava hacia arriba (3).

Lo que te planteo aquí es que trabajes sobre tu propio caso. Sea el que sea. Si tu sonido central es el Sol, ve trabajando desde este sonido; trata por todos los medios de que esa sensación se proyecte hacia el resto del registro realizando los mínimos cambios necesarios.
Esto permitirá poco a poco ir ampliando tu registro central, y a su vez crecerá tu registro potencial. Los trucos que utilizabas seguirán disponibles; si logras tocar ese Sol sin presionar la boquilla sobre los labios podrás reservar el recurso de presionarte para un registro más agudo todavía.

Si llevas hacia el grave la posición de los labios del Sol, podrás poco a poco encontrar sonidos menos abiertos, más controlados, con una mayor capacidad de staccato, y los cuales se integrarán mejor con el resto de sonidos del registro.

Es un trabajo paciente, a través de un proyecto (4), pero en realidad vale la pena realizarlo. Ese trabajo es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. Para nada lo tenemos que realizar como una condena, como un volver a comenzar. Nos tenemos que dar un tiempo para observar la manera en la que estamos tocando, y a partir de ahí dar pasos pequeños, cortos y firmes que nos permitan avanzar con garantías.

En el siguiente artículo abordaré las boquilíneas, un recurso de aprendizaje al que le tengo mucho cariño y que desarrollé hace mucho tiempo. Está extremadamente ligado a este texto, así que te invito a consultarlo.

¿Y tú? ¿Hasta qué nota llegas?

  • Artículo tomado de http://www.trumpetland.com/
  • Imágenes tomadas de http://www.trumpetland.com/

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About Adrián Cano Trompetista

Soy apasionado por la música en todos sus ámbitos, trompetista desde hace 10 años. Actualmente me dedico al diseño web, enfocado a mejorar la educación general y musical.

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